Por Leila Miller
BUENOS AIRES, 30 ago (Reuters) – Parecen potros comunes y corrientes, dóciles, con pelaje color miel y manchas blancas en la cara, felices de pasar sus días comiendo alfalfa en un potrero acordonado en la provincia rural de Buenos Aires.
Pero estos cinco caballos de 10 meses son los primeros caballos genéticamente modificados del mundo: copias clonadas de un caballo galardonado llamado Polo Pureza, con una sola secuencia de ADN insertada mediante tecnología CRISPR para producir una velocidad explosiva.
Kheiron Biotech, la empresa argentina creadora de los caballos, afirma que la edición genética tiene el potencial de revolucionar la cría de caballos.
Mientras que la clonación crea una copia genéticamente idéntica, CRISPR funciona como una especie de tijeras genéticas para cortar y personalizar el ADN.
La empresa, especializada en clonación equina, utilizó CRISPR para reducir la expresión del gen de la miostatina, que limita el crecimiento muscular. La idea era aumentar las fibras musculares que permiten movimientos potentes y así transformar a los caballos en velocistas.
Pero el polo no los está dejando entrar tan rápido.
Si bien Argentina, considerada la capital mundial del polo, ha acogido desde hace tiempo las tecnologías reproductivas, incluida la clonación, para criar caballos de élite, el organismo nacional del deporte y la asociación de cría están poniendo obstáculos para impedir que los caballos transgénicos se incorporen al deporte.
La Asociación Argentina de Polo ha prohibido la participación de los caballos transgénicos en las competiciones.
“Le quita la gracia, le quita la magia de criar”, dijo Benjamín Araya, presidente de la asociación. “A mí me gusta elegir una yegua, elegir un padrillo, cruzarlos y tener la ilusión que esa cruza el día de mañana sea muy buena”.
Y la Asociación Argentina de Criadores de Caballos de Polo declaró a Reuters que monitoreará a los caballos durante cuatro o cinco años antes de decidir si los registra como ponis de polo argentinos. Kheiron expresó su confianza en que la comunidad del polo acabará por cambiar de opinión.
“La verdad es que no me preocupa tanto”, declaró a Reuters Gabriel Vichera, director científico de la empresa.
“Educar, creo que es lo que debemos seguir haciendo”.
No está claro cómo el organismo nacional del deporte haría cumplir una prohibición. La normativa argentina no distingue entre caballos clonados, transgénicos y criados convencionalmente, y la asociación de polo tampoco.
Algunos criadores afirmaron que, si bien valoran la capacidad de los clones para preservar las líneas de sangre, la edición genética va demasiado lejos y podría poner en peligro su negocio.
EL CABALLO DE 800.000 DÓLARES
“Arruina los criadores”, dijo Marcos Heguy, criador y exjugador profesional de polo. “Es como pintar un cuadro con inteligencia artificial. Se acabó el artista”.
Eduardo Ramos, quien comenzó a criar en la década de 1970, comentó que, al principio, los criadores también se mostraron escépticos ante otros avances en biotecnología, como los trasplantes de embriones y la clonación.
“La ciencia y la técnica van a seguir haciendo estos mejoramientos, afirmó. “Los que dicen que no se debería hacer, no van a poder frenarlos”.
El polo, originario de Asia Central, fue traído a Argentina por inmigrantes británicos, quienes fundaron el primer club de polo en Buenos Aires en 1882. Es similar al hockey sobre caballo, donde dos equipos de cuatro personas cada uno barren largos tacos para lanzar una pelota a través de los postes de gol.
Es caro, los jugadores montan hasta una docena de caballos por partido, y en Argentina las familias adineradas y terratenientes han dominado tradicionalmente este deporte.
El país exportó alrededor de 2.400 caballos de polo el año pasado, según datos gubernamentales, y la raza argentina domina competencias prestigiosas como la Copa de la Reina en Inglaterra y el Abierto Argentino.
Este deporte ha utilizado desde hace tiempo madres sustitutas para gestar embriones de caballos de polo. Y a diferencia de las carreras de caballos, el polo permite la clonación de animales.
El primer caballo clonado del mundo nació en 2003. Adolfo Cambiaso, considerado el mejor jugador del mundo, contribuyó a popularizar los clones de polo. Cuando un clon del preciado Cuartetera de Cambiaso se vendió en una subasta en 2010 por 800.000 dólares, la cifra llamó la atención de Vichera, entonces estudiante de doctorado en biotecnología.
Vichera cofundó Kheiron al año siguiente con el apoyo del empresario Daniel Sammartino. Su primer caballo clonado nació en 2013.
Al principio, la venta de caballos clonados no fue fácil.
Para empezar, Sammartino comentó que ofreció servicios de clonación gratuitos a los mejores criadores, quienes le permitieron quedarse con algunos de los clones recién nacidos a cambio. Para este año, la compañía afirma haber producido 400 clones, más de la mitad de todos los caballos clonados nacidos en Argentina en 2025, según estimaciones de la asociación de criadores.
Los potros clonados se venden por un promedio de 40.000 dólares, afirmó Sammartino.
En 2017, el laboratorio Kheiron utilizó la edición genética CRISPR para producir nueve embriones de caballos transgénicos con fines de investigación.
Esto molestó a algunas figuras prominentes del mundo del polo argentino, quienes visitaron al organismo regulador biotecnológico del gobierno, preocupados por la posibilidad de que caballos modificados genéticamente ingresaran al deporte, según Martín Lema, quien dirigía la agencia en ese momento.
A finales del año pasado, en el pueblo gaucho de San Antonio de Areco, donde los peones aún usan boinas como parte de la cultura tradicional vaquera, la clínica de partos de Kheiron dio a luz a los cinco potros transgénicos.
PLANES SUSPENDIDOS
El regulador de biotecnología argentino verificó la edición de ADN, según un documento gubernamental revisado por Reuters. El Ministerio de Agricultura, que supervisa la agencia, declinó hacer comentarios.
Unos 50 criadores firmaron una carta dirigida a la asociación de criadores en la que afirmaban que los caballos modificados genéticamente estaban “sobrepasando un límite” y solicitaban no registrarlos sin “una profunda reflexión sobre el futuro”.
Si bien Santiago Ballester, presidente de la asociación, afirmó no tener ningún problema con los caballos modificados genéticamente, reconoció las preocupaciones de otros criadores sobre cómo la edición genética afectaría a sus negocios y si los países importadores de caballos de polo argentinos aceptarían los modificados genéticamente.
La asociación decidió actuar con cautela.
“Seamos cuidadosos, seamos responsables”, dijo Ballester. “Hay que ver qué impacto tienen, si realmente son animales superiores. Si son comunes, ¿quién va a gastar esa plata para hacer esto?”.
Ted Kalbfleisch, genetista del Centro de Investigación Equina Gluck de la Universidad de Kentucky, afirmó que la inserción de una secuencia de ADN natural por parte de Kheiron simplemente aceleró las modificaciones tradicionales, que pueden tardar varias generaciones.
“Donde las cosas se complican es cuando se intentan realizar modificaciones que se están conjeturando”, dijo.
Pero con la miostatina, los científicos editaron “un gen que sabemos que está presente en caballos sanos. Cuando lo toman y lo editan en un clon, siempre que lo hagan fielmente… debería funcionar”.
Aunque Kalbfleisch afirmó que los caballos modificados genéticamente pueden tener una ventaja en los torneos de polo, no es necesariamente una ventaja injusta.
A los caballos aún les queda mucho camino por recorrer antes de llegar al campo de polo. A los dos años, empezarán a acostumbrarse a la silla de montar. Uno o dos años después, empezarán a aprender polo.
Pero Sammartino admitió que los planes para comercializar su servicio de edición genética están en suspenso hasta que las autoridades del polo se pongan de acuerdo. La pausa ha frustrado a Sammartino, quien dijo haber sido contactado por una docena de clientes potencialmente interesados en Argentina, aunque se negó a ponerlos en contacto con Reuters por razones de privacidad.
Aun así, Sammartino reconoció que persiste cierta incertidumbre.
“¿Es un mejor caballo? No lo sé. El tiempo lo dirá”.
(Reporte de Leila Miller, traducido por Eliana Raszewski)